El nueve de octubre del 2004, muere a los 74 años Jacques Derrida, filósofo judío de origen argelino y nacionalidad francesa. Es probablemente, el filósofo judío y francés más conocido en el extranjero, y muy especialmente en EEUU.
Su pensamiento y obra emerge del postmodernismo y postestructuralismo, arribando a cotas de originalidad con su pensamiento crítico, el cual escruta, diferencia, des-arraiga, des-hace, des-dice…, al que él mismo pone nombre: Deconstruccionismo.
El vocablo “Deconstruccionismo”, hoy en día utilizado en distintos ámbitos de la cultura, es un vocablo que ya existía en el diccionario francés, mas era raramente usado y muy desconocido en Francia. Jacques Derrida “reconstruye” el vocablo, el cual va a nombrar y dar el ser a una nueva forma de escrutar la realidad, esto es, a través de su propia deconstrucción.
Desconstruir es deshacer, descomponer las estructuras. No se trata de una operación negativa (una destrucción) sino de una operación para comprender cómo un todo o un conjunto de cosas es constituido y reconstruirlo a su fin. Es un cuestionarse lo hecho, deshaciéndolo y un cuestionar lo propio. En este lenguaje, la identificación es una diferencia, un distanciarse de lo propio.
Derrida quiere deconstruir la metafísica occidental, el lenguaje de los conceptos, la traducción, y quizás a sí mismo…porque todo va perdiendo su construcción. Y hay que desconstruirlo para reconstituirlo y devolverle su fin.
Derrida, en este afán de deconstruir lo propio, lo más cercano, lo que es a sí mismo, lo idéntico, “deconstruye” la cuestión judía, desde los pensadores judíos herederos de la Razón moderna e ilustrada, como Herman Cohen, el cual hace de la identidad judía y germánica, kantiana y nacionalsocialista, el modelo más universal y ejemplar de toda judaidad. Y también relee a Rosenzweig, el iniciador del “Nuevo Pensamiento”, quien sin renunciar a la razón moderna, parte ya no de la germanidad como modelo homogéneo, sino de la revelación y de la condición judía para llegar a una racionalidad universal, no excluyente. Y a Levinas, su colega y amigo. Al cual le dedica unas palabras de A-diós en su entierro, que son recuerdo, evocación y presencia en la ausencia de su amigo y que revelan la esencia más íntima de su pensamiento. Un pensamiento nuevo que va más allá de la ontología heideggeriana y así formula la fundamentación del ser no en sí mismo sino en el Otro, en el prójimo, en Di’s mismo, el Otro por excelencia.
La “deconstrucción” de la cuestión judía es una intención íntima y primera de arribar a la judaidad, a su ser propio, escrutando las distintas “judaidades” de dichos pensadores en sus contextos históricos, políticos, sociales y filosóficos concretos, vividos y asumidos, ya sea antes de la Shoah , ya sea después de la Shoah.
Derrida deconstruye pues, comprendiendo las coordenadas contextuales de cada pensador y filósofo judío, esto es, comprendiendo el modo cómo se ha ensamblado todo un pensamiento, para reconstruirlo y quizás…para reconstruir o al menos asir el misterio de la identidad judía y la condición de todo pensador o filósofo judío.
¿Somos griegos? ¿Somos Judíos? Pero, ¿quiénes nosotros?¿Somos primeramente Judíos o primeramente Griegos? Se preguntará Derrida (La escritura y la diferencia. Pág. 209 de la edición española).
Y en este proceso de “deconstrucción” del pensamiento de filósofos judíos, Derrida extrae lo más propio, lo más íntimo, lo más último y esencial, lo más trascendente de la condición judía.
Y así Derrida empezará a escuchar y aprender de manera distinta la palabra rectitud, honestidad, integridad en boca de Levinas: “…Es un movimiento hacia el otro que no regresa a su punto de origen en la forma en que regresa una desviación, incapaz como es de trascendencia: un movimiento más allá de la ansiedad y más fuerte que la propia muerte. Esta rectitud se llama temimut, la esencia de Jacob (Cuatro lecturas talmúdicas. Páginas 85-87 de la edición española). Rectitud que es fidelidad original a una alianza indisoluble. Rectitud opuesta a la vida del hombre occidental que se vuelve filosofía, dirá Levinas. Pues todo acto del hombre occidental está precedido por el saber, la filosofía, sin inocencia ni ingenuidad ni compromiso espontáneos. El hombre en Occidente, quiere saber del bien y del mal y vivir más allá, en la ambigüedad, en una irresponsabilidad para con el todo. Para Levinas no basta la ingenuidad de la fe para oponerse a esta tentación filosófica del saber. Se hace necesario recurrir a un orden anterior. La Revelación aparecerá como un orden anterior al pensamiento tentado, pues es anterior a la libertad. La libertad nace de la aceptación, la Torah se acepta antes de conocerla. Hay un pacto con el Bien anterior a la alternativa del Bien y el Mal. Y así queda superada la tentación.
Derrida relee a Levinas: la Rectitud o temimut es la esencia de Jacob, la esencia de la identidad judía. El ser judío es precedido por la Torah, por la Revelación, por Di’s mismo, por el Otro.
La Torah es trascendente y celeste por sus exigencias que contrastan, en última instancia, con la pura ontología del mundo (En la hora de las naciones, ed. francesa). Texto que ilumina el contraste entre la filosofía de las naciones, una ontología que sitúa al ser como principio y fin de sí mismo y la Torah de Israel, la cual revela primeramente el Ser del Otro.
El deconstruccionismo como modo de escrutar el “texto”, critica la significación y modo de comprensión, la correspondencia entre el signo y su significado, entre la palabra y el mundo. Occidente ha transgredido la prohibición de la Torah de hacer imágenes, al concebir una imagen de Di’s y del mundo en la palabra; y la consecuencia es que la palabra o el logos ya no se identifica con la divinidad; el signo no posee plenitud significante. El hombre juega con los significados, consciente de que sólo es un juego, una aporía infranqueable: no hay encuentro.
Esta teoría puede resultar esperanzadora si lleva al hombre a deconstruir para reconstruir el significado pleno, la Verdad. Mas un sinsentido sería su esfuerzo deconstructivo si no se da el gozo humano y divino del encuentro.
El gran maestro de la crítica, Georges Steiner, analiza magistralmente esta ambigüedad del Deconstruccionismo en su obra “Presencias reales”(páginas 145 a 165 de la edición española).
Con la ilustración moderna, la verdad se ha extraviado, como diría Hannah Arendt (La tradición oculta. Pág. 110 de la ed. española). La verdad es un valor en cuanto que genera un esfuerzo humano en su búsqueda, mas no es en sí misma. El hombre se queda en el hombre, en sí mismo; la razón, en sus límites. Y sólo a partir de esta verdad extraviada se formula el principio de tolerancia (Cfr. Natán el sabio, Lessing), vacuo en sí mismo y que torna a dominar en nuestros días. Mas, quizás hoy, esta tolerancia ni siquiera se funda en la razón ilustrada, la cual deberá pasar la crítica posterior kantiana, sino que es el signo de una nueva semántica: la sinrazón en nombre de la razón laica.
Se calla [Abraham] para frustrar la tentación moral que, bajo pretexto de llamarlo a la responsabilidad, a la auto-justificación, le haría perder, con su singularidad, su última responsabilidad, su injustificable, secreta y absoluta responsabilidad ante Di’s...Abraham debe tomar la responsabilidad absoluta de sacrificar a su hijo sacrificando la ética mas, para que haya sacrificio, la ética debe conservar todo su valor; el amor por el hijo debe permanecer intacto, y el orden del deber humano debe continuar haciendo valer sus derechos...Este concepto [la responsabilidad absoluta] nos pone en relación con el otro absoluto, con la singularidad absoluta del otro, cuyo nombre aquí es Di’s
...Sin duda la historia es monstruosa, inaudita, apenas pensable: un padre dispuesto a darle (la) muerte a su hijo bienamado, a su amor irremplazable, y esto porque el Otro, el gran Otro se lo pide o se lo ordena sin darle razón para ello; un padre infanticida que oculta a su hijo y a los suyos lo que va a hacer y sin saber por qué. ¡Qué crimen abominable, qué espantoso misterio (tremendum) a los ojos del amor, de la humanidad, de la familia, de la moral!
...La paradoja, el escándalo y la aporía no son otra cosa que el sacrificio: la exposición del pensamiento conceptual a su límite, a su muerte y finitud...Y jamás podré justificar este sacrificio, deberé siempre callarme al respecto porque no hay nada que decir sobre ello. (Dar la muerte, Derrida. Pág. 64, 68, 69, 70, 72 de la ed. española)