DE ALEJANDRÍA A LAS PUERTAS DE JERUSALÉN «E, inmediatamente, alrededor de nosotros, el infinito vacío, el desierto crepuscular, barrido por un fuerte viento helado; el desierto de un tinte neutro y mortecino, desarrollándose bajo un cielo aún más sombrío que él, que allá en los confines del circular horizonte parece juntarse y aplastarlo.
Entonces, al contemplar esto, nos invade una especie de embriaguez y de escalofrío hijos de la soledad; un deseo loco de hundirnos en ella cuanto antes, una necesidad irreflexiva, un anhelo físico de correr con el viento hasta una elevación próxima para mirar más lejos aún, siempre más lejos, la absorbente inmensidad...»
En 1893, a los cuarenta y tres años, ya un escritor famoso, Loti puede al fin cumplir un viejo sueño. Había tomado contacto con el Islam cuatro años antes, en su viaje a Marruecos, y desde entonces había permanecido en Francia. Es entonces que solicita y obtiene una licencia de seis meses en la marina francesa -de enero a junio de 1894- para realizar su peregrinación a Tierra Santa. Una peregrinación que lo llevará ante las puertas de Jerusalén...
Quienes hayan leído las coloridas e impresionistas páginas de Viaje a Marruecos, no quedarán indiferentes a la exhortación de Loti, que nos invita a su viaje por las desolaciones del desierto sinaítico:
¿Dónde están mis hermanos de quimera, aquellos que antaño me siguieron por los campos de asfódelos del Mogreb, por las llanuras marroquíes?... ¡Vengan a mí ellos, ellos solos, y acompáñenme por la Arabia Pétrea, en el profundo desierto sonoro.»